El propósito vital y la mochila llena de piedras

De un tiempo a esta parte se puso de moda en la industria del desarrollo personal forzarte a buscar el propósito vital, la misión de tu alma o, si lo prefieres más llano, lo que tienes que hacer en tu vida para realizarte. En definitiva, algo así como la obligación de lanzarse a buscar los motivos por los que uno ha llegado hasta aquí, encontrarlos y trabajar en ellos para terminar por dar merecimiento a esta existencia. Si en algún momento de esta moda llegaste a implantar esta creencia en tu psique, hoy quiero convencerte de que has colgado una mochila llena de piedras sobre tu espalda y también has comprado un mapa con destino a un innecesario dolor.

Desde que las personas comenzamos a agruparnos en sociedades ha sido inevitable y necesario el desarrollo de reglas morales de conducta con el fin último del bien común. Estas reglas morales, a las alturas de existencia que nos encontramos tú y yo, tienen un desgraciado e inevitable origen cristiano, concretamente en un documento con veinte siglos de historia llamado Biblia. Así que sí, vivimos en una era modera con unas reglas con cientos de años de antigüedad que se impusieron en el mundo occidental de las forma más deplorable, inhumana y salvaje posible. Es paradójico, ¿verdad? Que las leyes morales que han de servir a la armonía de la convivencia se hayan incrustado en nuestras sociedades de un modo tan despreciable.

Y es aquí donde se empieza a desmoronar el castillo de naipes, nuestro propio castillo de naipes.

Imagina la cantidad de conductas y creencias que han sido transmitidas de generación en generación sin pasar mínimamente por los filtros de la razón; cuántos automatismos dirigen nuestra vida sin que seamos conscientes de ellos; y qué cantidad de comportamientos tenemos basados en unas reglas de conducta que ni siquiera conocemos su origen o ni nos hemos parado a cuestionar.

Es como los niños pequeños cuando fingen conducir el coche moviendo los brazos sobre su volante, convencidos de que sus movimientos están realmente moviendo el vehículo en dirección a su objetivo. Pero nada más lejos de la realidad, desconocen las verdaderas fuerzas que dirigen su vida. Pues algo parecido nos sucede a nosotros y luego nos llevamos las manos a la cabeza en gesto de sorpresa al comprobar cómo nos estampamos una y otra vez con el mismo obstáculo.

Si te detienes a analizar lo suficiente, podrás comprobar el legado que hemos recibido y que además ejercemos sobre nuestro día a día. Nos encontramos con aspectos como el desprecio al cuerpo y el rechazo todo lo que tiene que ver con el placer por el placer y la sexualidad como acto de puro goce; nos acompaña un sentimiento de culpa inconsciente casi inherente al hecho de existir, como si tuviéramos que ganarnos el lugar que hemos venido a ocupar con el sudor de nuestra frente; sostenemos la exaltación de conductas propias de un mártir, donde el sufrimiento está no solo bien visto sino también aplaudido por estas sociedades enfermas que habitamos; del mismo modo nos acompaña la auto-negación o el sentimiento de culpa hacia el éxito, llegando a despreciar a aquellos que buenamente se lo permiten; y qué me dices de la continua necesidad de demostrar nuestro valor para poder merecer, sin aceptar que ya somos válidos y merecedores por el hecho de estar vivos.

Y así un sinfín de basura caducada que ha sido inoculada en lo más hondo de nuestros mecanismos inconscientes, transmitidos de generación en generación desde el mas profundo desconocimiento.

Y aquí es donde conectamos todo ello con el motivo de esta publicación: la mochila de piedras, o si lo prefieres, la trampa del propósito vital.

Cuando algo se viste de desarrollo personal, se le ponen los inciensos de la nueva era, se coloca en boca del gurú de turno y, en definitiva, cuando se hace moda, estamos perdidos. Perdidos porque no nos paramos a analizar la procedencia de las propuestas, perdidos porque no cuestionamos y perdidos porque no leemos la letra pequeña de la prenda de moda. Nos lanzamos de cabeza a comprar la mandanga de turno sin ser muy conscientes de dónde nos estamos metiendo y las consecuencias que esto traerá para nosotros.

Espero que estas palabras lleguen a tiempo y el arbol de tus creencias no haya echado fuertes raíces en la idea de que tienes que alcanzar a descubrir el propósito de tu vida. Porque aceptar que tienes un propósito, que tienes que hacer algo, llegar a algo o entregarte en algo ajeno a ti es una vía directa a tu propia autodestrucción emocional y espiritual. Pero déjame que me explique, porque visto así, para el ego ansioso del santo grial, todo esto puede ser más bien un jarro de agua fría.

Coincido contigo en que para desenvolvernos en el sistema que hemos montado, es necesario que todos asumamos una serie de roles, de tareas, de normas de conducta y de convivencia entre otra muchas formas de organizarnos. Sin lugar a dudas el formato se nos ha desmadrado y está sobradamente caducado, es enfermizo y genera un enorme vacío existencial a poco que te detengas a valorar el sentido vital profundo con el que llenas cada uno de tus días.

Aunque si logras distraerte lo suficiente con los entretenimientos del sistema, como ascender en el trabajo, acumular muchos números en la cuenta de tu banco, consumir cosas que te den placeres temporales, labrarte un cuerpo que atraiga reconocimiento, enchufarte durante horas al teatro de las noticias, o engañarte con alguna maraña pseudo-espiritual, entonces, solo entonces la vida pasará sin pena ni gloria y, con suerte, no llegarás a experimentar este vacío existencial.

Suponiendo que ya existe esa llamada de búsqueda de sentido dentro de ti, ese supuesto vacío por llenar, es harto sencillo decirte que tienes una misión, que estás aquí para lograr un cometido específico, que has de lograr la meta que se ha diseñado para ti, que hay una importante razón por la que eres quien eres, todas estas frases humeantes de aromas místicos no son sino una bomba de inflado para tu ego.

¿Quién no querría sentir la importancia del viaje del héroe que ha de completar una importante misión? ¿Quién no compraría de primera mano el hecho de que ha encarnado con un importante propósito vital? ¿Quién en su amado ego no asumiría el reto de ir en busca de ese santo grial?

Yo lo hice.

Yo caí en la trampa con todo mi ego de dar por válido que era una persona incompleta, que no sería merecedor hasta dar con la verdad que había reservada para mi, que debería sufrir como buen mártir los trabajos de Hércules hasta dar con el propósito de mi existencia. Porque en el fondo, muy en el fondo de mi inconsciente, en algún momento se sembró la atrevida idea de que debía hacer para merecer y lograr para sentir la validez de mi persona en función del cumplimiento de mi supuesto propósito vital.

Conócete y libera tu potencial

El «juego» va de comprenderte, descubrir tus mecanismos y dejarte en paz.

Conócete y libera tu potencial

El «juego» va de comprenderte, descubrir tus mecanismos y dejarte en paz.

Nada mas lejos de una compleja realidad.

Sin duda alguna cada persona nace con una determinada configuración e influencias que le van a permitir desenvolverse en la vida con más facilidad en unas áreas que en otras. Toda persona nace con unos atributos que le van a simplificar la existencia si se entrega a desarrollarlos. Todos nacemos con una serie de retos que, una vez superados, van a hacer de la vida un lugar más amable de habitar. Y sí, todos, absolutamente todos, hemos venido libres de culpa, libres de tener que demostrar e infinitamente merecedores de cosechar todo aquello que sembremos sin sudor ni lágrimas.

Y por otra parte la vida, si quieres llamarla así. Una vida en absoluto equilibrio de opuestos, entretejiendo los infinitos hilos de nuestras existencias con absoluta perfección, sentido y cuidado. Con unos mecanismos insondables desde nuestra limitada consciencia que, perfectamente engrasados, se mueven al son de un plan totalmente inaccesible pero en el que de algún modo tenemos que confiar.

Así que la dificultad para manejarnos mientras permanecemos en esta dualidad está en aceptar que todo lo que hay que buscar está dentro de nosotros, que todo lo que hay que descubrir es a nosotros mismos y que todo lo que hay que conocer son los mecanismos bajo los cuales funciona nuestro velero. Y desde ahí, desplegar nuestras velas y tener la fortuna de saber qué vientos serán favorables para lanzarnos a navegar.

Pero navegar por el mero placer de la navegación, puesto que este viaje no conoce de destino, es el viaje por el viaje, con el requisito único de ir desplegando la consciencia que, con suerte, nos irá mostrando el sentido del mapa de nuestra vida.

De modo que si tienes el valor de soltar esa mochila llena de piedras que supone el propósito vital, si puedes cuestionar tus creencias y las creencias de saldo que, como yo, compraste en un bazar de desarrollo personal, es muy posible que vuelvas a sentir los vientos que rozan tus mejillas llamándote a disfrutar del viaje, consciente de que nada tienes que demostrar, que nada debes y que todo se manifiesta al andar.

«Te ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la misma tierra de la cual fuiste sacado. Porque polvo eres, y al polvo volverás»

Génesis 3:19 (Biblia Cristiana)

Sé que los que buscamos sentido a este vacío existencial esta publicación nos deja con la necesidad de respuestas, pero no hay como tal una respuesta única y válida para todos. Nos toca ser muy conscientes de los mecanismos del pensamiento dual, huir de las modas, expandir progresivamente la consciencia y reconocer que la ola que somos, convencida de su individualidad, no es otra cosa que una manifestación del gran océano del que nunca nos separamos y al que continuamente volvemos cuando la ola es reabsorbida de vuelta al mar.

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_ La fotografía de la portada es de Priscilla Du Preez y la fotografía de las piedras de Dylan McLeod, ambos con con licencia cc. El montaje fotográfico, mío :o)