Las dos grandes palancas que nos mueven

Coincidirás conmigo en que el cerebro humano es una magnífica obra de ingeniería. Pero siempre hay «peros». Y uno de ellos es la tacañería extrema con que este centro de operaciones vela por nuestra seguridad. En otras palabras, tu cerebro y el mío, son muy muy muy conservadores en sus decisiones de gasto energético lo que, a efectos prácticos, se traduce en que odian el cambio y todo lo que tenga que ver con cambiar algo en nuestra vida. Por eso, quiero compartir contigo las dos grandes palancas que terminan por ayudarnos a tomar acción y a generar el necesario cambio.

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Un cerebro tacaño

Antes de explorar los mecanismos psicológicos que nos ayudan a tomar acción, es importante destacar de un modo bastante superficial esta mencionada tacañería. Para que te hagas una idea, en este preciso momento, tu cerebro está gestionando aproximadamente una cantidad de información equivalente a cuatrocientos billones de bytes por segundo.

Pero lo interesante de esta cifra es verla en términos relativos respecto de otra cifra, aquella que nos dice que de todos esos billones de bytes, solo llegan a la superficie de nuestra consciencia dos mil de ellos. Has oído bien: dos mil frente a los cuatrocientos billones.

La gestión de tantísima información, tanto la que procede del exterior como la que se genera desde el interior, puedes imaginar que conlleva un importante y continuo gasto de energía. De modo que además de todas sus funciones debe controlar el saldo existente cada día para no entrar en números rojos.

Y este control de gasto energético se traduce en un rechazo casi automático a cualquier sugerencia de cambio venga en la forma que venga: empezar en el gimnasio, iniciar una nueva rutina de alimentación, dejar de consumir redes sociales, empezar a pasear por la montaña todos los domingos, dejar tu trabajo actual en busca de uno mejor, mudarte de ciudad… y así con todo, desde lo más sencillo y cotidiano hasta lo más exigente y temeroso.

Nuestro cerebro, como buen banquero, se cerrará en banda para concedernos ese préstamo energético que supone incorporar cambios en nuestra vida. Y no, no es maldad o torpeza, en absoluto. Es exceso de temor a quedarse sin reservas para que el resto del sistema siga funcionando. De modo que esta simplificación nos ayuda a hacernos a la idea de lo que tenemos que enfrentar cada vez que intentamos cambiar hábitos, iniciar nuevas rutinas o salirnos del camino marcado.

Pero aquí aparecen las dos palancas que quiero poner de relieve. Porque son dos mecanismos que bien concienciados pueden ayudarte a tomar la acción que necesitas o, cuanto menos, a saber en qué fase del cambio te encuentras.

Primera palanca, la palanca del dolor.

Creo que no te descubro las Américas si te digo que a la gran mayoría de las personas no nos gusta el dolor. ¡Qué obviedad! ¿Verdad? Pese a ello es paradójica la capacidad que tenemos para sostenerlo, aguantarlo, perpetuarlo, convocarlo y permanecer por largos periodos de tiempo ahogándonos en lagos de dolor.

Nadie quiere el dolor, pero muchos viven voluntariamente junto a él. Y el problema no es el dolor en sí, que suele aparecer igual que la enfermedad: al principio como leves susurros que al no ser escuchados terminan como gritos en nuestras entrañas. De modo que bienvenido sea este mensajero, porque el dolor no es sino el cartero de los cambios. Y aquí es donde comienza nuestro reto. Recogemos el mensaje del dolor que nos dice que tenemos que cambiar algo, que tenemos que tomar determinadas decisiones y aplicarlas, que tenemos que salir del lugar en el que nos encontramos. Y aquí aparece la primera respuesta fisiológica, inmediata y ni siquiera pensada. Nuestro cerebro banquero nos manda la señal de que no habrá cambio, pues puede ser peligroso salir hacia lo desconocido y que, obviamente, supondrá un gasto de energía para el sistema.

Vista y concienciada la primera respuesta automática, es normal que decidamos dar otra oportunidad al dolor, es normal que decidamos quedarnos en lo malo conocido y que hagamos caso a ese instinto de protección. Y pasa el tiempo y el dolor se vuelve más dolor y cada vez necesitamos más autoengaños y boicots para convencernos de que más vale malo conocido. Y si nos dilatamos en el tiempo las enfermedades psicosomáticas llaman a la puerta y nosotros seguimos mirando para otro lado y nos contamos que todo eso viene de no sé donde con tal de no tomar acción, responsabilizarnos y aceptar el inevitable cambio.

En la otra cara de este billete con destino a cambiar está el hecho de aceptar lo que es obvio, mirar de frente la situación, tomar el viaje a lo desconocido que todo cambio conlleva y hacer las maletas con nuestra responsabilidad. Entonces el dolor desaparece progresivamente dando lugar a otros sentimientos menos intensos, más llevaderos, despertando habilidades desconocidas y generando un espacio en nuestros pulmones donde el aire parece llegar más fresco que nunca. Si lo entendemos a tiempo, el dolor solo queda como un leve susurro amenazante en el camino. Pero de no entender, ¡ay de no entender!… los infiernos se nos abrirán de par en par bajo nuestros pies.

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La segunda palanca, la palanca del placer.

Reconozco que he dejado lo fácil para el final, siempre un postre bien elegido puede terminar de apañar un mal menú. Y aquí es donde aparece la palanca del placer, igual pero de sentido opuesto a la palanca del dolor. Y es que una toma de decisiones, lanzarnos a por el cambio mencionado, bien puede apoyarse en el dolor o en la promesa de placer.

Y ese es el reto con el placer: que normalmente aparece como promesa futura ante el cambio. O ¿conoces a alguien que sobre un escenario de placer se cuestione salir del mismo? No, lo único que nos invita a salir y atrevernos con el cambio son las promesas de alcanzar ese placer.

Cuando te matriculas en unos estudios, cuando pagas la primera cuota de gimnasio, cuando te das de alta en la aplicación de citas, cuando te metes en el coche para viajar en fechas punta… en cualquiera de estos escenarios estás aceptando el esfuerzo del cambio por la futura promesa de placer que encierra su consecución, es decir, tener un sueldo mejor, alcanzar un cuerpo más saludable, conocer a esa pareja ideal o llegar al destino de tus vacaciones.

Por eso, la palanca del placer siempre tiene un poco menos de fuerza que la palanca del dolor cuando queremos ayudar a alguien a emprender un cambio.

El dolor está presente, incomoda, molesta y deseamos huir del mismo, y el placer nos exige un grado de convencimiento, compromiso y determinación para alcanzarlo. Ambas palancas funcionan siempre, aunque seamos más o menos conscientes de que están operando.

Mi propuesta es que las pongas de relieve, que te cuestiones, que valores qué te está deteniendo a tomar acción y articular el cambio necesario, porque solo desde la consciencia puedes hacer un escáner de daños si ya estás soportando demasiado dolor, o bien, quizá necesites ampliar la perspectiva de placer que te saque del lugar donde te encuentras.

Ya sabes, cambiamos por los principios de dolor y de placer. Cuando veas a alguien aguantando un dolor que a tu juicio parece titánico, quizá para esa persona aún queda mucho recorrido de aguante. Ahora bien, ten por seguro que no hay dolor que mil años dure, tarde o temprano termina por ser insoportable y finalmente terminamos abrazando el cambio. Coincido contigo en que lo ideal es confiar en la palanca de placer y movernos desde la misma, pero en ocasiones no es suficiente y hace falta complementar con un poquito de dolor.

Sea como sea, espero que hagas un uso consciente de estos mecanismos la próxima vez que el banquero de tus hombros te niegue ese préstamo de energía. Hasta entonces recibe un cordial saludo.

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_ La fotografía de la portada es de Dan Cristian Pădureț con licencia cc